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lunes, 29 de abril de 2013

Una pequeña reflexion sobre la venganza y el rencor.

Una pequeña reflexion sobre la venganza y el rencor.

"No digas: yo me vengaré; espera a Jehová, y él te salvará." Proverbios 20: 22.

No tengas prisa. Deja que la ira se enfríe. No digas nada ni hagas nada para vengarte. Con seguridad actuarías neciamente si rompieras lanzas y pelearas tus propias batallas; y, ciertamente, no mostrarías el espíritu del Señor Jesús. Es más noble perdonar, y dejar que la ofensa pase. Dejar que un agravio se encone en tu pecho, y considerar la revancha, sería mantener abiertas las viejas heridas y provocar nuevas heridas. Es mejor olvidar y perdonar.

Tal vez digas que has de hacer algo, pues si no serías un gran perdedor; entonces haz lo que la promesa de esta mañana aconseja: "espera a Jehová, y él te salvará." Este consejo no te costará un centavo, pero es sumamente valioso. Ten calma y tranquilidad. Espera al Señor: cuéntale tu agravio: extiende la carta del Rabsaces delante del Señor, y esto, en sí mismo, será un alivio para tu mente afligida. Además, cuentas con la promesa: "y él te salvará". Dios encontrará la manera de liberarte. Cómo lo hará, ni tú ni yo podríamos adivinarlo, pero lo hará. Si el Señor te salva, eso será mucho mejor que meterte en altercados mezquinos y cubrirte de inmundicia al luchar con los inmundos. Ya no estés más enojado. Entrega tu caso al Juez de todo.

jueves, 11 de abril de 2013

Abrazando la batalla de la fe

 

Abrazando la batalla de la fe

Por Francis Frangipane
A pesar de los conflictos mundiales, el Espíritu Santo está guiando a la verdadera Iglesia hacia su mayor tiempo de transformación. No debemos concentrarnos en las presiones de este tiempo, como si fueran obstáculos establecidos para detenernos. En las manos del Todopoderoso, estas son las mismas armas que utiliza para perfeccionarnos.
Uno de los problemas de interpretar los eventos del fin de los tiempos, es la tendencia a enfocarnos sólo sobre un grupo de condiciones. Si sólo nos concentramos en los hechos que satanás está desatado o que la perversión, las guerras, los terremotos y las hambrunas están escalando, podríamos concluir que la dificultad y las tinieblas es todo lo que nos espera hasta el rapto. Como lo mencioné, muchas personas enseñaron que la vida se pervertirá cada vez más hasta que Cristo regrese.
Pero el mismo Espíritu que predijo las condiciones peligrosas hacia el fin de los tiempo, también pronosticó que, a pesar de las dificultades y las batallas, el Evangelio del amor de Cristo será proclamado a todas las naciones (Mateo 24:14). El Señor también dijo que la cosecha de cristianos de los últimos tiempos alcanzarán la estatura plena (Marcos 4:28-29) y los que conozcan a su Dios se fortalecerán, harán hazañas, brillarán como las estrellas y guiarán a multitudes hacia la justicia (Daniel 11:32, 12:3).
En cada tiempo Dios nos reclama caminar como vencedores. Nuestro llamado es a orar, perseverar en la guerra espiritual, interceder por nuestros líderes y soldados para no renunciar a nuestra visión de un avivamiento mundial, sin importar los escenarios que podamos enfrentar. El propio hecho que algunas naciones están experimentando un avivamiento y grandes cosechas en los últimos años (como Uganda y Fiyi), nos recuerda que también es el tiempo para nuestras propias naciones. Debemos mantener nuestro enfoque en ser como Cristo en todas las cosas. Nos debemos sentir abrumados por el torrente de maldad que se levantó sobre nuestras sociedades, pero la promesa de Dios es que cuando el enemigo proceda de esta manera, Él levantará un estandarte en su contra (Isaías 59:19).
Debemos preguntarnos, ¿nos estamos enfocando en el torrente del enemigo o somos conscientes del estandarte que Dios está levantando para detener el asalto de la maldad? No olvidemos que aún cuando las tinieblas cubran la tierra y la oscuridad profunda cubra a los pueblos, Dios promete que su gloria se levantará sobre nuestra vida y su presencia será visible a través de nosotros. Aunque parezca que las tinieblas nunca fueran a terminar, el Señor promete que al final de la guerra entre la luz y las tinieblas, “las naciones serán guiadas por tu luz, y los reyes, por tu amanecer esplendoroso” (Isaías 60:1-3). La Palabra de Dios revela que el desarrollo del panorama de los eventos de los últimos tiempos también será un “período de restauración” permanente (Hechos 3:20-21).
Esto no quiere decir que el mundo será dominado por la Iglesia (como algunos enseñan equivocadamente), sino que la verdadera Iglesia será gloriosa, dominada y transformada por Cristo. Este despliegue final de gracia será consumado en una Iglesia como Cristo, cuya madurez espiritual manifestará en la tierra la persona y las pasiones del mismo Jesucristo. Nuestra batalla es la batalla de la fe: ¿Realmente creemos lo que Dios prometió? Nuestra guerra es contra principados y poderes: ¿Creemos que Cristo “salpicará (limpiando para traer perdón y transformación) a muchas naciones”? (Isaías 52:15).
Yo creo en las promesas de Dios. Su Palabra no sólo me conforta en tiempos de tribulación, es una espada que agito durante la guerra espiritual. ¡Su Palabra fiel es lo que proclamo sobre mi familia, mi ciudad y mi nación! Considere su declaración: “… así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos” (Isaías 55:11). No importa cuánto arrecie la batalla, la Palabra de Dios no regresará hacia Él vacía.
Considere también su pacto: “Has visto bien, dijo el Señor, porque yo estoy alerta para que se cumpla mi palabra” (Jeremías 1:12). Y su accesibilidad: “Pero la justicia que se basa en la fe afirma: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (es decir, para hacer bajar a Cristo) o ¿Quién bajará al abismo? (es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). ¿Qué afirma entonces? La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón. Ésta es la palabra de fe que predicamos…” (Romanos 10:6-8).
No somos meros mortales tropezando ciegamente en la tierra, separados de Dios y aislados de su respuesta hacia nuestras necesidades. ¡No! Somos nuevas criaturas, nacidas de nuevo y habitación para el Espíritu Santo del Dios Todopoderoso.
Sí, pujamos e intercedemos, nos arrepentimos por nuestros pecados y por los pecados de nuestras naciones. Pero el peso de nuestra victoria no descansa sobre cuánto pujamos y gemimos, sino sobre cuán sinceramente creemos en lo que Dios prometió. El Señor no quiere que nos preocupemos sobre el futuro, quiere que lo creemos por medio del conocimiento de su voluntad, a través de la proclamación de su Palabra, la “espada del Espíritu” (Efesios 6:17) y por rendirnos ante el poder del Espíritu Santo. Luego nos promete: “Todo el que confíe en él no será jamás defraudado” (Romanos 10:11).
La espada que Dios colocó en nuestra boca y en nuestros corazones no es otra cosa que el eco de su voz en nosotros. Entonces, no podemos lloriquear por las condiciones negativas en el mundo o lamentarnos con oraciones llenas de temor e incredulidad. Abracemos la batalla de la fe. ¡Que el amor de Cristo por la humanidad sea la motivación que nos conmueve! Levante su Biblia y decrete en voz alta las promesas de la Palabra de Dios. Tome cualquier verso citado y declárelo en voz alta, con fe y autoridad. Le garantizo que si declara la Palabra de Dios con fe, se soltará el poder que hay en nuestro espíritu y a través de él. Ningún poder puede limitar las promesas que Dios inspiró en su Libro.
Nos asegura: “¿Cómo que si puedo? Para el que cree, todo es posible” (Marcos 9:23). Quebrantemos las ataduras del espíritu pasivo. ¡Levantemos la espada del Espíritu y abracemos la batalla de la fe!
Señor, me arrepiento del egoísmo y el temor. ¡Entrena mis manos para la guerra! Enséñame a pararme y pelear a favor de la causa de los justos. En el Nombre de Jesús, Amén.

Fuente:http://rinconprofetico.blogspot.com/2013/01/abrazando-la-batalla-de-la-fe.html

martes, 29 de enero de 2013

El Poder de la sangre de Jesús

El Poder de la sangre de Jesús

Para que la Iglesia disfrute de plena protección, vida espiritual y comunión con Dios, es necesario que sepa utilizar este recurso extraordinario que el Señor colocó a su disposición: la sangre de Jesús. La sangre de Jesús ha sido con frecuencia únicamente una doctrina en que la Iglesia cree, pero no una doctrina vivida. Por no vivir esa doctrina, la Iglesia ha dejado de recibir muchas bendiciones que son concedidas solamente mediante el poder de la sangre del Señor Jesús.

La Palabra de Dios nos enseña que es necesario pedir para recibir: “pedid y se os dará” (Lc 11: 9, 10). Muchas de las bendiciones que el Señor desea conceder a su Iglesia deben ser pedidas en oración para que el Señor las conceda. Por la fe nos apropiamos de las promesas del Señor expresadas en las Escrituras (Heb 11: 1, 6). De la misma manera que el Señor Jesús nos enseñó a pedir el Espíritu Santo (Lc 11: 13), debemos pedir las bendiciones que se derivan del derramamiento de la sangre del Señor Jesucristo en el Calvario.

¿A qué bendiciones se hace referencia? Normalmente la Iglesia tiene conciencia de que el Señor Jesús sólo derramó su sangre para nuestra “salvación” o para el nuevo nacimiento. Sin embargo, la acción salvífica no tiene que ver única y exclusivamente con el nuevo nacimiento, sino también con una vida de santificación. Somos exhortados en las Escrituras a preservar nuestra salvación “con temor y temblor”. La Palabra de Dios también nos muestra que la sangre de Jesús fue derramada para que disfrutásemos de las siguientes bendiciones -que están incluidas en la salvación- en nuestra vida cristiana:

1. Purificación de nuestros pecados (1 Jn 1: 7). Así como debemos confesar nuestros pecados para que seamos perdonados, debemos de creer que la sangre de Jesús nos purifica de todo pecado. Así es quitado lo que obstaculiza nuestra comunión con el Señor.

2. Comunión con el Señor (Heb 10: 19-22). La Palabra nos revela que podemos entrar con osadía en el Lugar Santísimo -en otras palabras, en la presencia del Señor- por la sangre del Cordero. Por eso podemos clamar al Señor para que él quite lo que impide nuestra comunión de manera que no sólo nuestro espíritu, sino también nuestra alma, mente y emociones estén en plena comunión con Él.

3. Victoria sobre el adversario (Ap 12: 11). Aprendimos que nosotros venceremos a nuestro adversario hasta el fin “por la sangre del Cordero” y por la Palabra de nuestro testimonio. Debemos ejercer nuestra fe en esa promesa en los momentos de lucha y el Señor manifestará el poder de la sangre de Jesús en nuestras vidas, dándonos la victoria que necesitamos.

4. Protección contra el enemigo (Éx 12: 23). La victoria incluye esa protección, igual que el pueblo de Israel la consiguió en Egipto. El que destruía no pudo entrar en las casas de los israelitas y destruir a los primogénitos, pues al ver la sangre fue obligado a “pasar por encima” de esas casas. Por esa razón, cuando pedimos en oración para que el Señor nos cubra con la sangre de Jesús, somos protegidos contra ataques del adversario, en cualquier situación, incluso en el inicio de cada culto o reunión. De esa forma, no hay manifestaciones de dones falsos en nuestro medio.

5. Liberación de costumbres, vicios y comportamientos indebidos (1 P 1: 18-19). La Palabra testifica que fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir que heredamos de nuestros padres por la sangre de Jesús. Así que, cuando un creyente desvela que todavía está encadenado a algún tipo de comportamiento que no glorifica al Señor, podemos orar basando nuestra fe en esa Escritura que nos garantiza la victoria sobre esa lucha a través de la sangre de Jesús.

La sangre de Jesús está estrictamente unida a la operación del Espíritu Santo. El motivo es sencillo: el Espíritu Santo sólo puede operar al amparo de la obra consumada por el Señor Jesucristo en la cruz del Calvario (derramamiento de su preciosa sangre o, en otras palabras, el hecho de dar su vida por nuestros pecados). En el mosaico libro de Levítico leemos que la vida está en la sangre. De la misma manera, la vida eterna está en la sangre de Jesús. El Señor nos dice que si no bebiéremos de su sangre no tendríamos vida espiritual. Más adelante explicó que las palabras que había dicho eran espíritu y vida. Entendemos la lección: cuando el Espíritu Santo opera en nuestras vidas Él transmite la vida que hay en la sangre de Jesús, la vida eterna que el Señor Jesús conquistó para nosotros al derramar su sangre para nuestra salvación.

Así como la sangre de Jesús circulaba en el cuerpo físico del Señor Jesús dando la vida a cada célula, el Espíritu Santo hoy opera en la Iglesia, visitando cada miembro del cuerpo, transmitiendo la vida eterna a cada uno de nosotros, aplicando la Palabra de Dios a nuestros corazones. Cuando oramos para que el Señor nos dé una determinada bendición (de entre las mencionadas arriba) basada en el poder que hay en la sangre de Jesús, el mismo Señor envía al Espíritu Santo, que opera la bendición que necesitamos al amparo de su sangre derramada, cuyo fundamento es la obra consumada por el Señor Jesús en la cruz del Calvario.

La sangre de Jesús fue derramada una única vez en la cruz del Calvario pero es rociada continuamente sobre los siervos de Dios, que son “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P 1: 2). ¡Aleluya!

domingo, 14 de octubre de 2012

Las Alabanzas Que Rompen Cadenas




Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo. Salmo 100:1-2 La palabra alabanza significa engrandecer, exaltar, magnificar, rendir honor a Dios (2Cronicas 7:3). En el A.T. los términos usados para la alabanza son: halal, significa hacer ruido, celebrar con júbilo, y es la raíz de la palabra aleluya. También es una adoración de acción de gracia. Esta palabra se deriva del verbo Jadah, el cual significa dar gracias o exaltar. La raíz de Jadah es Jad, que quiere decir mano. Por tanto, dar gracias o alabar a Dios es levantar o extender las manos con regocijo en agradecimiento al que se merece todo honor y toda honra por los siglos de los siglos; Jehová de los ejércitos ese es su nombre. La alabanza a Dios es una celebración que envuelve un corazón agradecido, limpio y sincero, es un acto de obediencia genuina delante del padre celestial. Esta tiene que salir desde lo más profundo de tu ser, creyendo que Dios se moverá al momento que lo alaba en espíritu y en verdad. Dios manda que todos los habitantes de la tierra lo alaben con alegría y gozo. “Dios mora en medio de la alabanza de su pueblo” (Sal 22:3). El Santo De Israel habita en medio de nuestras alabanzas.
La alabanza puede ser expresada en una canción, en verso, o en oración ¡y debe ser continua! El Salmo 34:1 instruye, “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca.” El Salmo 71:6 dice, “En ti he sido sustentado desde el vientre; de las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó; de ti será siempre mi alabanza.” Si nuestro corazón está lleno de alabanzas, también lo estará el de Dios, pues Él habita en medio de ellas. Las alabanzas deben ser practicadas no solo en la iglesia, sino llevada en el corazón y en el hogar. Que no cese la alabanza en nuestros corazones, mantengámonos saturados de alabanzas y de seguro que la presencia de Dios nunca se apartará de nosotros. El libro de los salmos era el himnario utilizado en los actos de adoración del templo de Jerusalén. Los salmos han sido una fuente de inspiración personal y fortaleza espiritual para todo aquel que se refugia a creer en Dios por medio de las alabanzas.
Hay sanidad y liberación en las alabanzas, la alabanza genuina, de todo corazón provoca a que Dios obre en nuestras circunstancias, en nuestros problemas. Esta acción de gracia al Señor, te da la libertad para ver lo imposible, posible en Hechos 16:22-27 vemos la historia de Pablo y Silas donde fueron acusados sin razón. “Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.  Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido.
Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?  Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios (Hechos 16:22-34).  A la medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.  Esta  oración y alabanza llegaron al trono celestial con un grito de desesperación y Dios lo socorrió con su gran poder. Ellos oraron y cantaron a Dios por fe. La fe es la certeza de lo que se espera la convicción de lo que no se ve. Ellos le creyeron a Dios en medio de sus circunstancias. ¿Cuántos de nosotros le vamos a creer a Dios en medio de un problema sin dudar? Pablo y Silas no dudaron de su fe en Dios, por tanto debemos aferrarnos a esa fe poderosa en los tiempos de las pruebas; Dios nunca nos desamparará. Él no desamparó a Pablo ni a Silas.
Hay poder en una alabanza sincera que procede del corazón, hay bendición en los hijos de Dios que claman a Él por fe. El que habita bajo la sombra del todopoderoso, bajo su sombrilla, los que se encuentran bajo ese techo reciben bendiciones también. La bendición de protección y liberación de Dios que tomo lugar en la cárcel para libertar a Pablo y a silas, tocó al carcelero que andaba en oscuridad. El fue testigo de las proezas de Jehová de los ejércitos, el vio con exactitud todo lo que le pasó a Pablo y a Silas. El Señor lo liberto rompiendo las cadenas de esclavitud, Ellos habitaron bajo el abrigo de Dios y Él los  ayudó con su brazo de poder. “El que habita al abrigo del Altísimo Morará bajo la sombra del Omnipotente” (Salmo 91:1). El carcelero recibió liberación y salvación por medio de ese gran acontecimiento celestial. Cuando fue salvado, no le importó su trabajo, recuerden que al principio cuando vio las puertas de la cárcel abierta el miedo fue tan grande que quiso quitarse la vida y Pablo se lo impidió. El carcelero pidió la luz de Cristo a su vida, junto a todos los que se encontraban bajo la sombra poderosa de Dios. Ellos recibieron liberación  y salvación en el nombre de Jesús.  Las alabanzas rompen cadenas, rompen enfermedades, restauran hogares, y sanan las heridas del alma.
Alrededor de siete años estuve muy enferma del estomago, cuando fui al hospital, el doctor me dijo que tenía que hacerme un análisis más profundo. En el resultado, me encontraron una bacteria producida por el agua. Esta bacteria según ellos era muy peligrosa. Mientras tanto mi estomago dolía y estaba que no quería digerir ningún tipo de alimento.  Ahí mismo en la sala de un cuarto de hospital, clame a Dios y mientras oraba, Dios puso en mi corazón una alabanza que cambio el reporte médico en cuestión de segundo. Esta alabanza fue continúa durante cada examen. Esta alabanza la tenía clavada en lo más profundo de mi corazón. Sabes qué?  Dios es el único que da el último reporte, porque de Él mana la vida. Mas nunca padecí del estomago para la gloria de Dios. Esta fue la alabanza que en medio de la desesperación entoné al Señor en busca de ayuda.
Alabar a Dios cuando la cosa te sale bien, que bueno es. Alabar a Dios cuando en la vida no hay problema que cosa buena. Pero yo lo alabo desde mi quebranto y el Espíritu Santo se glorifica dentro de mí.” El Espíritu Santo se glorificó dentro de mí. Una de las cosas que el cristiano tiene que hacer en su vida es glorificar a Dios.  Como hijos de Dios tenemos que glorificarle porque Él es nuestro Padre, nuestro Dios, nuestro Rey, nuestro Amo y Señor. La palabra glorificar significa  Adorar, alabar, engrandecer, exaltar, honrar, magnificar. El cristiano tiene que hacer todas estas cosas para Dios. Jesús glorificó a su padre; como cristianos debemos ser imitadores de Él. “En la curación de un paralítico Jesús hizo este milagro no para que le glorificaran a Él, sino para que glorificaran a su Padre.” Mat.9:8; Jesús le dio la gloria de alabanzas a su Padre.
Por medio de las alabanzas, Dios uso a Pablo y a Silas para alcanzar a los que andaban en esclavitud. Las alabanzas a Dios triunfan gloriosamente cuando salen del corazón. Los salmos concluyen con una poderosa alabanza en este pasaje en salmo ciento cincuenta,  Dios dirige a sus hijos, a cómo alabarlo. El anhelo de Dios es que todos lo que respire lo alabe con todo el corazón, no importa las dificultades; Cristo estará contigo como lo estuvo con Pablo y Silas. Pablo y Silas no se quedaron con el problema; ellos le dieron acción a su fe. ¿Cómo le voy a dar acción a mi fe en los problemas? Glorifica a Dios por medio de las alabanza, aférrate a ella aunque te despidan del trabajo, aunque te encuentres enfermo (a), aunque no haya camino para continuar, aunque no sientas ganas. Usted se cree que Pablo y Silas estaban contentos cuando lo azotaron y lo tiraron en la cárcel? No, ellos no estaban felices; ellos estaban desesperados.
En medio de esa agonía, no se quedaron a lamentarse, ni echarle la culpa a Dios. Ellos le dieron un reto a su fe, confiando en Dios, clamaron a Dios a través de la  alabanza. Ellos no se encontraban solos porque había un pueblo intercediendo por ellos. Los otros discípulos sabían por lo que ellos estaban pasando. ¿Cuántos de nosotros se tira de rodillas cuando hay un hermano o una hermanita con dificultades? La oración enternecedora es aquella que obra en equipo.  “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo con ellos” (Mateo 18:20). El capítulo cuarto del libro de los Hechos nos narra un momento culminante de la iglesia primitiva y perseguida. Un grupo de cristianos están reunidos en oración. Piden al Señor poder para hacer maravillas que les sirvan en su evangelización. Dice el libro de los Hechos que en ese momento tembló y todos quedaron llenos del Espíritu Santo (Hechos. 4,31).  Toda reunión de cristianos, que primero unen sus corazones y luego oran a Jesús, es una potencia espiritual poderosa. Una vez más, el Señor se manifestó por medio de un terremoto para libertar a Pablo y Silas cuando ellos se unieron en oración, porque a la presencia del señor tiembla la tierra!

Otro ejemplo bíblico de alabanza:

Así que Josafat, cuando él escuchó que estas tres naciones estaban congregadas para invadir la tierra, llamaron a los hombres de Judá y proclamó un ayuno por todo Judá. Y él se propuso a sí mismo buscar al Señor. El pueblo se congregó a una. Entonces Josafat se puso en pie en la asamblea de Judá y de Jerusalén, en la casa de Jehová, delante del atrio nuevo; Y dijo: Jehová 5 2 Crónicas: 19:1-20:9 Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? (2 Crónicas 20:5-6). El rey Josafat tenia las armas para pelear contra su adversario pero se refugió en el Poderoso  de Israel. El tuvo miedo, a todos nos da miedo, pero está en nosotros qué vamos a hacer con el miedo. Si te quedarás con los brazos cruzados o va a pararte por fe creyéndole a Dios.  Hermano el miedo paraliza, estanca, la mente se bloquea y no piensa, entra el desánimo a tal punto que ni siente deseo de orar y alabar a Dios.

Entonces, ¿qué va a hacer con el miedo?
¿Te cruzarás de brazos? Está de mi parte levantarme y clamar a Dios, porque no me ha dado Dios espíritu de miedo ni de cobardía, sino de dominio propio. Cuando resiste el miedo, éste se tiene que largar en el nombre de Jesús. Josafat clamó a Dios y no solamente eso, resistió al enemigo con alabanzas, ayuno y oración.  La única arma que usó ese pueblo fue la alabanza. El poder de las alabanzas que invocó Josafat y el pueblo de Judá, fue tan poderoso que lograron matar a todos sus adversarios. Y cuando llegaron encontraron que sus enemigos ya estaban todos muertos (2Cró. 20:1-4; 12-24).
¿Porque todo cristiano debe alabar a Dios?

Porque Él es DIOS. Es la autoridad suprema, el poder máximo, el Rey de todos los reyes y Señor de todos los señores.  Él fue antes de la creación de todas las cosas, pues Él es Creador de todas ellas, por lo tanto, es mayor que todo lo creado.  “Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado…” (Sal 48:1; 96:4). Debemos alabar a Jehová porque Él habita en las alabanzas de su pueblo. “El que sacrifica alabanza me honrará…” (Sal 50:23). Dios ordena que lo alaben; pues es un mandamiento alabarlo. Es necesario alabarlo por lo que Él ha hecho por todos nosotros; por todos sus beneficios. Tengo razones para albar a Dios, por todos los beneficios que Él me ha dado. “Bendice, alma mía, a Jehová… no olvides ninguno de sus beneficios…” Fue Dios quien me sacó del hoyo en que me encontraba cuando andaba perdida, fue su misericordia; por eso le alabo. Alabo a Dios; por lo que soy hoy día, su agradecimiento no lo olvido. Debemos de alabar a Dios por todo lo que Él nos provee cada día. Por el aire que respiramos, por un nuevo amanecer. Por su bondad infinita; por su misericordia y por el amor que Él tiene para con cada uno de sus hijos. Las alabanzas no dependen de los sentimientos, es vivir agradecidos por lo que Él es con todos nosotros.
Alabad a Jehová, porque él es bueno, Porque para siempre es su misericordia. Alabad al Dios de los dioses, Porque para siempre es su misericordia.  Alabad al Señor de los señores, Porque para siempre es su misericordia.  Al único que hace grandes maravillas, Porue para siempre es su misericordia.  Al que hizo los cielos con entendimiento, Porque para siempre es su misericordia.  Al que extendió la tierra sobre las aguas, Porque para siempre es su misericordia.  Al que hizo las grandes lumbreras, Porque para siempre es su misericordia. El sol para que señorease en el día, Porque para siempre es su misericordia.  La luna y las estrellas para que señoreasen en la noche, Porque para siempre es su misericordia. Salmo 136:1-9
¿Cómo vamos a alabar a Dios?
Con acción de gracias. Salmo 100:4, a través del canto. Salmo 40:3, danzando. Salmo 150:4, aplaudiendo. Sal.98:4; 47:1, ofrendas y diezmos. Mal.3:8-10, Buenas obras. Hebreo.13:16, oración. Ap. 5:8, levantando las manos. Salmo. 63:4, I Ti. 2:8, música instrumental. Salmo. 150:3-5, estando en silencio. Salmo. 46:10; I R. 19:11, 12, de arrodillas. Salmo. 95:6; con todo tu Corazón, en espíritu y en verdad. Salmo. 103.1
La alabanza enfoca su carácter incomparable y lo que hizo, lo que hace, y lo que hará  por Sus hijos. Él  es digno de recibir toda la gloria y las alabanzas de Su pueblo. Es alabarlo simplemente por lo que Él es.
Solamente con mencionar su nombre, nuestros labios se endulzan de alegría y paz; su nombre es alabanza. El significado y origen del nombre JEHOVA se expresan en la revelación que Dios da a Moisés en la zarza ardiente. Ex.3:l3-l5.

El nombre de Jehová es una continua alabanza de bendiciones para su pueblo.
Jehová” es el nombre hebreo que equivale a “Yo Soy”. En algunos idiomas se traduce como “El Eterno” porque describe Su eternidad…El nombre combinado de Dios, Jehová-tsidkenu significa “Jehová nuestra justicia”. Jeremías 23:5 –6, Jehová-shalom significa  “Jehová es paz”. Jue.6:24; Col.l:20,22
Jehová-sama significa “Dios está aquí.” Ez.48:35; Ef.2:20-22. Is.53:5; 1 p.2:24. Jehová-rophe significa “Jehová sana.” Jehová-jireh nos dice que “Dios proveerá.” Él es nuestra fuente de éxito y bendición. Gn.22:14; Fi1.4:13. Ex.17:l5 Jehová-nisi, “Jehová es mi estandarte.” El nos da poder sobre el temor a la muerte y el infierno. Jehová es mi bandera; el que pelea por mí. Jehová-TSEBAOTH” “Jehová de los ejércitos. Jehová-rohi, ‘Jehová mi pastor” (Salmo 23; Jn.10-11).
Estos nombres y títulos, corresponden al único Dios verdadero, el creador de los cielos y de la tierra el único que es Santo y que reclama nuestra alabanza. Él es el Alpha y el Omega; el Principio y el Final. Fuera de Él, no hay nadie. Los demás son dioses falsos  inventados por la mente humana que no caminar, no pueden ver, no pueden escuchar, ni sentir; para nada sirven. Están muertos y no merecen ninguna adoración. El Dios que yo le sirvo es poderoso en batalla, todo lo puede, no hay Nada imposible para Él. Él vive en mi corazón y en los corazones de todo aquel que lo reconoce como su Salvador espiritual de todo corazón. Él vive y reina para siempre; por eso lo alabo. La Biblia dice que cuando Él regrese, toda la humanidad le alabará y lo reconocerá como Señor. Él es Rey de toda la tierra. Cuando reconocemos a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, nuestros corazones anhelan alabar Su nombre. Filipenses 2:9-11 nos dice que Su nombre representa Su ser, describiendo quién es Él, “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”
Muchos han sido tocados para salvación por medio de las alabanzas.1 Pedro 2:9 dice, “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquél que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Muchos han sido sanados por el poder de las alabanzas. Dios busca verdaderos adoradores, que le adoren en Espíritu y Verdad; de todo corazón, Dios ve nuestro corazón, recuerda, antes de examinar la ofrenda, Dios examina al que ofrenda. 2 Corintios 4:18 “al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” Si tu corazón está lleno de alabanza; no pare de alabar a Dios, Él escudriña tu corazón, alábalo aunque te vean rara (o), aunque te vean diferente, alábalo. Preocúpate  por lo que tiene dentro de ti, lo que no se ve, eso es lo que Dios examina. Sirve a Jehová con alegría, entra en su presencia con regocijo. Invítalo a tu corazón, Él entrará a tu corazón cambiándote de manera muy especial. Si está enferma, Él te sanará, si necesita paz, Él te la dará porque no hay nada difícil que Dios no pueda hacer.
Cuando la multitud se congregó después de la sanidad de la suegra de Pedro, el evangelio de Mateo nos dice: “…y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias (Isaías 53:4-6 y Mateo 8:16, 17)”. Jesús sanó y sigue haciéndolo para demostrar su compasión, para comunicar misericordia, para probar que realmente Dios le había enviado, para destruir las obras del diablo. Y especialmente para manifestar la gloria del Padre. Dios es la fuente de todo poder y de toda sanidad. Es Él quien puede sanarte. Deja que tu vida sea restaurada en las manos del Alfarero. Jesús quiere perdonarte, salvarte y aliviar tus dolencias.
Jesucristo te está tocando la puerta hoy; Él quiere habitar en tu corazón. Está de tu parte si le va a abrir la puerta o no. Él no entrará sin ser invitado, de ti depende. Esta  invitación va dirigida a todos. Dios no hace acepción de personas, esta invitación es para toda la gente de toda clase social, de toda raza y nación. Ahí mismo donde te encuentras, si te siente sedienta, he aquí Dios te ofrece calmar tu sed, si sientes que tu alma está seca, que no hay nada que pueda llenarte. Cristo es el agua viva, el agua que sacia de verdad (Juan 4:14) Él mismo nos dice, “si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37). Venid comprad sin dinero y sin precio vino y leche” (Isaías 55:1). Sin dinero, porque no hay dinero suficiente, ni nada que dar en pago por la salvación; solo debemos acceder por Fe. Y la gracia de Dios es suficiente; sin precio por que el valor es incalculable. Para un creyente Cristo es el milagro más grande que ha sucedido en su vida; si usted aun no lo es, Dios le está invitando gratuitamente a que haga a Cristo su Señor y Salvador y deje que Él sacie la sed de tu alma.

martes, 2 de octubre de 2012

JESÚS EL AMIGO FIEL


JESÚS EL AMIGO FIEL


( Juan 15-14) Dice Jesús, Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando.No me elegísteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y lleveis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiéreis al Padre en mi Nombre, Él os lo dé.Esto os mando que os améis unos a otros.Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y vendremos a [...]( Juan 15-14) Dice Jesús, Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando.No me elegísteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y lleveis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiéreis al Padre en mi Nombre, Él os lo dé.Esto os mando que os améis unos a otros.Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y vendremos a él, y haremos morada con él.La paz os dejo, mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo le amaré y me  manifestaré a él. amén. Querido lector, aquí Jesús hace ver muy claro, que si somos amigos de Jesús, nos vá ha bendecir de una forma sobrenatural  y extraordinaria. El quiere ser tu amigo y confidente, pero hay unas reglas que seguir y es hacer y movernos en su voluntad. Sus mandamientos no son gravosos, ni pesados basta con dejar el pecado y buscar su compañia cada día, es  extraordinario tener un amigo veinticuatro horas, siempre dixponible para ayudarte, verdad?  No desaproveches esta oportunidad  de oro, El nunca te fallará, te dará consuelo a tu dolor, y sobre todo tendrás paz en tu corazón, muchos millones de cristianos en todo el mundo, testifican  de los muchos milagros y maravillas que ha hecho en sus vidas, yo por ejemplo  también puedo testficar de lo mucho que ha hecho el Señor por mí.  Por eso escribo estas páginas, para que también  los que lean, puedan recibir  la paz, el perdón, y experimenten la salvación de su alma, algo crucial e importantísimo en la vida  del hombre, sé salvo y sé feliz con Cristo. ¡ aleluya! ( Juan 8-31) Dijo entonces Jeús a los judios que habían creido en El: Si vosotros  permaneciereis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquél  que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que , si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.  El pecado hace al hombre esclavo, del infierno y os puedo asegurar, que el hombre sólo no puede salir. Necesita urgente la ayuda de Jesucristo, si hoy lo aceptas en tu vida, como Señor y Salvador , reconociendo tu debilidad y tus pocas fuerzas  para salir de la droga, de la mentira, de los malos pensamientos, de la violencia, de la incredulidad, o  de cualquier pecado que tengas, por muy grave que sea, y le pides perdón al Señor, te aseguro una amistad con Jesús, vas a ser su amigo para siempre, lo cual te aseguro una vida feliz.  Huye del infierno, acogete en los brazos de Jesús, y verás un día el cielo. ( apocalipsis 1- 5 ) Yde Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el Soberano de los reyes  de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su Sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios su Padre; a El sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. amén. ( 3ª Juan ) Amado no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios. Es tiempo de salvación, cambia  para mejor  vida  sé amigo de Jesús El te ama,  y te quiere salvar, déjalo entrar en tu corazón, para tu bien. Que Dios te ayude  a encontrarlo pronto! amén

domingo, 17 de junio de 2012

Desconfia de tus emociones



Desconfía de tus emociones

No podemos dejar que las circunstancias controlen nuestras emociones que nos llevan a encerrarnos en una tristeza que si no la controlamos, destruye nuestra vida.
Comúnmente desconfiamos de muchas personas a nuestro alrededor, estamos pendientes de cuidarnos de aquellos que puedan hacernos daño. En otras palabras, ubicamos a nuestros enemigos para mantener una distancia para protegernos.

Nos enfocamos tanto en esto, que no nos damos cuenta de que a veces nuestro principal enemigo somos nosotros mismos. El corazón lleno de emociones y sentimientos nos juega trampas en las que caemos y por ello sufrimos quizás más de lo necesario. En la Biblia, Jeremías 17: 9 dice que “engañoso es el corazón más que todas las cosas”.
Tendemos a manejarnos de acuerdo a cómo nos sentimos y tomamos decisiones basándonos en nuestras emociones.

Tuviste un problema con tu esposo, te lastimó y hoy te levantaste sin sentir amor por él.
Comenzaste a cuestionarte hasta que llegas a pensar si casarte fue un error. Toda una artimaña mental basada en unos días en los que no sentiste el mismo amor que sentías al principio.
Probablemente más de una circunstancia a tu alrededor es negativa, no entiendes por qué todo parece estar mal, te sientes triste y pasan los días y tus emociones se siguen hundiendo en esa desilusión, que si no la sabes manejar, se convierte en frustración, estrés y posteriormente en una depresión que viene siendo el estado emocional más grave y autodestructivo en el que podemos caer.
Las emociones son variables. Cambian de día en día, por eso no podemos seguir cada pensamiento y sentimiento que tenemos como si fuesen una verdad absoluta ni mucho menos tomar decisiones importantes basándonos en éstos.
Cuando algo nos sucede y nos sentimos tristes, no debemos permanecer así por mucho tiempo. Quizás un breve periodo de desilusión no tenga un efecto devastador en nuestra vida, pero una tristeza que dejamos crecer sin control y reforzamos cada día pensando en lo mal que nos sentimos, puede llevarnos a una depresión.
No debes basar tu felicidad en que todo en tu vida esté bien. Si piensas que no vas a ser feliz hasta que todas las circunstancias estén bien, nunca vas a ser feliz. No podemos dejar que las circunstancias controlen nuestras emociones, que unidas a los pensamientos nos llevan a encerrarnos en una tristeza que si no la controlamos, destruye nuestra vida.
Quiero decirte que peor que nuestras emociones, el enemigo de nuestras almas, el padre de mentiras, quien la Biblia llama Satanás continuamente está buscando derrumbarnos y cuando hacemos caso a nuestras emociones, le hacemos el trabajo fácil. El ha venido para engañar, matar y destruir. Es el autor intelectual de muertes, guerras, enfermedades, hogares destruidos, depresión y todo lo negativo que puedas imaginar, por lo tanto, es el escritor de todas las emociones y pensamientos dolorosos que pasan por tu mente y tu corazón.
Pero Jesús vino para traer vida, para darnos esfuerzo, para levantarnos, darnos esperanza y llenarnos de alegría. Dice la Biblia que el gozo de Dios es nuestra fortaleza. La alegría que El nos da es lo que nos da fuerzas para seguir adelante. Sin gozo, somos débiles, abrimos la puerta para que entren los pensamientos negativos e iniciamos una caída libre hacia nuestra destrucción.

Basta ya de tanta tristeza y dolor. El llanto puede durar toda una noche, pero así como sale el sol de un nuevo día, la oportunidad de nuevas alegrías toca tu puerta. La depresión no tiene que ver con lo que te sucede sino con la actitud que asumes ante tus circunstancias. Puedes decidir tener una actitud de esperanza renovando tu mente con las promesas de Dios. Deja de confiar en lo que te dicen tus emociones y comienza a confiar en quien te ama, te conoce, te cuida y está a tu lado siempre: Dios. 

domingo, 10 de junio de 2012

Parábola del Hijo Prodigo


PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO
 

Esta parábola es sumamente rica de significado. Constituye la médula de la espiritualidad cristiana y de nuestra vida en Cristo; considera al hombre en el momento mismo en que se aleja de Dios, olvidándole para seguir su propio camino hacia la tierra del desamparo, donde espera encontrar la plenitud y vida en abundancia.
La parábola describe, pues, el progreso -lento al principio, pero triunfante al final- que le hace regresar, con el corazón quebrantado y libremente abandonado, a la casa de su padre.
Un primer punto es que esta parábola no es simplemente la historia de un pecado particular. Es el pecado en su naturaleza más esencial lo que se nos revela, juntamente con su poder destructivo.
P/MALICIA: Un hombre tenía dos hijos; el más joven reclama a su padre al punto su parte en la herencia. Estamos tan acostumbrados a los límites en que el Evangelio describe la escena, que la leemos impasiblemente; para nosotros es justamente el comienzo de la historia. Y, sin embargo, si nos detenemos un momento a ver lo que las palabras realmente implican, quedaremos sobrecogidos de horror. Esta sencilla frase: «Padre, dame...», significa: «Padre, dame, ya ahora, lo que de cualquier modo ha de ser mío cuando mueras. Deseo vivir mi vida; tú sigue tu camino; no puedo esperar a que tú mueras; seré demasiado viejo entonces para disfrutar de lo que la riqueza y la libertad pueden brindarme; por tanto, ¡muérete!; para mí ya no existes; soy mayor, no necesito un padre; lo que necesito es libertad y todo el fruto de tu vida y tu trabajo; muérete y déjame ir.» ¿No es esto la verdadera esencia del pecado? ¿No le hablamos también nosotros a Dios tan claramente como el hijo menor del Evangelio, pero con la misma ingenua crueldad, reclamando de Dios todo lo que puede darnos: salud, fuerza corporal, inspiración, brillantez intelectual, todo lo que podemos ser y todo lo que podemos tener, para irnos lejos de él y disiparlo, dejándole completamente olvidado y desamparado? ¿No cometemos también nosotros repetidamente este asesinato espiritual contra Dios y contra nuestros semejantes: hijos y padres, esposos y esposas, amigos y parientes, compañeros de clase y de trabajo? ¿No nos conducimos como si Dios y el hombre estuvieran ahí únicamente para sudar y regalarnos el fruto de sus vidas, hasta sus mismas vidas, mientras que en sí mismo no tienen ningún significado para nosotros? La gente, Dios mismo, no son ya personas, sino circunstancias y cosas. Y, cuando hemos tomado todo lo que pueden darnos, les volvemos la espalda y nos encontramos infinitamente lejos de aquellos que no tienen ya rostro para nosotros, ni ojos con que poder encontrarnos. Después de borrar de la existencia al dador, nos convertimos en posesores de derecho propio y nos excluimos del misterio del amor, porque ya no podemos recibir y somos incapaces de dar. Tal es la esencia misma del pecado: descartar el amor, reclamando del que ama y da que salga de nuestra vida, que acepte el aniquilamiento y la muerte; este asesinato metafísico de amor es el acto del pecado, el pecado de Satán, de Adán y de Caín.
Una vez en posesión de todas las riquezas que la «muerte» de su padre le había procurado, sin volver siquiera la vista atrás como lo hacen los jóvenes atolondrados, el joven deja la insípida seguridad del hogar y, apresurando el paso, corre hacia la tierra donde nada le impedirá ser libre; libre de coacciones, de todos los lazos morales, puede entregarse ahora sin reservas a todos los impulsos de su corazón descarriado. El pasado ya no está; sólo existe el presente, fascinante de promesas, resplandeciente como un nuevo amanecer, y el futuro se extiende ante él ilimitado. Está rodeado de amigos, es el centro de todo, la vida es seductora y no sospecha aún que no mantendrá sus promesas. Imagina que es a él a quien se adhieren sus nuevos amigos; la verdad es que es tratado como él ha tratado a su padre; existe para sus amigos solamente en la medida en que es rico, solamente en cuanto participan del hechizo de su vida despilfarradora. Comen, beben, se alegran; él se siente pletórico de alegría; pero, ¡cuán diferente es esta alegría de la serena y profunda felicidad del reino de Dios revelada en las bodas de Caná de Galilea!
Pero llega entonces el momento en que las riquezas le traicionan, en que todo se ha acabado y a sus amigos no les queda otra cosa que él mismo. De acuerdo con la ley inexorable del mundo secular y espiritual (Mateo 7,2: «con la medida con que midáis seréis medidos»), le abandonan, porque nunca habían tenido necesidad de su persona, reflejando su destino el de su padre: ya no existe para ellos, está solo y abandonado. Tiene hambre, sed, frío, se siente desolado y rechazado. Le dejan solo como él dejó solo a su padre, pero frente a una miseria infinitamente mayor: su nada interior; mientras que su padre, aunque abandonado, era rico con una caridad invencible, aquella caridad que le llevó a entregar la vida por su hijo y aceptar el repudio para que su hijo pudiera seguir su camino libremente. Encuentra trabajo, pero eso es para él una miseria y una degradación mayores; nadie le da de comer y no sabe cómo encontrarlo. ¡Qué humillación cuidar de los cerdos, símbolo de impureza para los judíos, tan impuros como los demonios que Cristo expulsa! Su trabajo es una parábola de su condición; su impureza interior iguala a la impureza ritual de su piara de cerdos. Ha tocado fondo, y desde lo más hondo lamenta ahora su miseria.
También nosotros lloramos nuestra propia miseria con mucha más frecuencia que damos gracias por las alegrías de nuestra vida; no porque nuestras pruebas sean tan pesadas, sino porque nos enfrentamos con ellas con tanta cobardía y tan impacientemente.
Abandonado de todos sus amigos, rechazado en todas partes, se queda frente a frente consigo mismo, y por primera vez mira su interior. Libre de toda seducción y atracción, de todos los lazos y trampas que él tenía por liberación y plenitud, recuerda su infancia, el tiempo en que tenía un padre, en que no era huérfano, en que no se había convertido aún en un vagabundo sin corazón y sin hogar. Se da cuenta también de que el asesinato moral que perpetró no mató a su padre sino a él; que su padre dio su vida con un amor tan total, que puede permitirle esperar; y se levanta, dejando atrás su precaria existencia, y se pone en camino hacia la casa de su padre, resuelto a arrojarse a los pies de la clemencia de su padre. No es sólo el recuerdo de su casa, del fuego del hogar y de una mesa repleta de alimentos lo que le mueve a partir, la primera palabra de su confesión es no «perdón», sino «padre». Recuerda que el amor de su padre le hizo libre, y que todas las cosas buenas de la vida provenían de él. (Cristo dice: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura»). No regresa a un extraño que no le reconocerá, al cual habrá de decirle: «¿No te acuerdas de mí? Hubo un tiempo en que tenías un hijo que te traicionó y te abandonó; soy yo.» No, es el nombre de padre el que brota de lo profundo, el que acelera su paso, el que le permite esperar.
ARREPENTIMIENTO REMORDIMIENTO Y en esto descubre la verdadera naturaleza del arrepentimiento, porque el verdadero arrepentimiento combina a la vez la visión del propio mal personal y la certeza de que también para nosotros hay perdón, porque el verdadero amor no puede vacilar ni extinguirse. Cuando solamente existe una visión sin esperanza de nuestras propias culpas produce remordimientos y lleva a la desesperación. Judas comprendió lo que había dicho; vio que su traición era irremediable: Cristo fue condenado y murió. Pero no recordó lo que el Señor había revelado de sí mismo y de su Padre celestial; no comprendió que Dios no quería traicionarle como él había traicionado a su Dios. Pierde toda esperanza, va y se ahorca. Estaba preocupado por su pecado, por sí mismo, no pensaba en Dios, el Padre de Jesús y también su Padre.
El hijo pródigo va a casa porque el recuerdo de su padre le infunde valor para volver, y su confesión brota varonil y perfecta: «Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.» Queda condenado ante su propia conciencia, no puede obtener el perdón para sí mismo, pero en el perdón hay un misterio de humildad que hemos de aprender repetidamente; hemos de aprender a aceptar el perdón mediante un acto de fe en el amor del otro, en la victoria del amor y de la vida, humildemente para recibir el don gratuito del perdón cuando se nos brinda. Y porque el hijo pródigo tenía así abierto el corazón a su padre, está preparado para el perdón. Según se va acercando a casa, el padre lo ve, se apresura a ir a su encuentro, le echa los brazos al cuello y le besa. ¡Cuántas veces había permanecido en el umbral, mirando el camino por el que su hijo se había alejado de él!
Había esperado y aguardado. Y ahora había llegado el día en que su esperanza se veía cumplida. Ve al hijo que había partido ricamente vestido, adornado de joyas, sin volver ni siquiera la mirada a la casa de su infancia porque sus pensamientos y sentimientos estaban dominados solamente por lo desconocido que le fascinaba. Y ahora el padre le ve volver como un mendigo, harapiento, profundamente abatido, cargado con un pasado del que está avergonzado y sin futuro...; ¿cómo le saldrá su padre al encuentro? «Padre, pequé...»
Pero el padre no le permite renegar de su filiación, como si fuera a decirle: «Al venir a casa me has devuelto la vida; cuando intentaste matarme, fue a ti mismo a quien mataste, y ahora que de nuevo estoy vivo por ti, has vuelto a vivir tú mismo.» Y. volviéndose a sus criados, el padre dice: «Inmediatamente, traed el primer vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en su mano y sandalias en sus pies.»
Muchas traducciones leen «el mejor vestido», pero el texto griego habla del «primer vestido». Por supuesto, «el primer vestido» podía ser el más precioso de la casa, pero, ¿no es más probable que el padre dijera a los sirvientes: «Id a buscar la ropa que mi hijo llevaba el día en que se fue, el traje que dejó cuando se puso la ropa de la traición»? Llevándole la ropa más preciosa de la casa, el muchacho habría de sentirse molesto y de etiqueta; tendría la impresión de no encontrarse en casa, sino de ser un huésped distinguido recibido con toda deferencia y hospitalidad posibles. No nos ponemos la mejor ropa de casa cuando estamos cómodos en el hogar. Parece más probable, según el contexto, pensar que el padre manda por la ropa que el hijo rechazó, pero que el padre recogió, dobló y guardó cuidadosamente, como Jacob conservó la túnica de José, que sus hermanos llevaron a su padre, la túnica polícroma, rociada con la sangre del hijo que debía de haber perecido. Así ahora el joven se quita los harapos y vuelve a ponerse la ropa familiar, un poco gastada, a la debida medida, adaptada a su cuerpo. Se siente a gusto en ella y mira a su alrededor; los años lejos de su padre, pasados en la fornicación, la perfidia y la infidelidad, le parecen una pesadilla; algo que nunca ocurrió. Está aquí y aquí ha estado siempre, llevando la ropa que siempre usaba. Su padre está aquí; un poco más viejo, con arrugas más profundas. Aquí están los servidores, respetuosos, observando con ojos de felicidad: «Ha vuelto con nosotros, y nosotros pensábamos que se había ido para siempre; ha vuelto a la vida, y nosotros temíamos que al inferir un golpe mortal a su padre había dado muerte a su alma eterna y había destruido su propia vida.»
Es una vuelta que borraba el abismo que le mantenía lejos de la casa paterna. El padre va más allá; le da su anillo, que no era precisamente un anillo ordinario. Es sabido que en tiempos remotos, cuando la gente no sabía escribir, era el anillo con el sello el que garantizaba cualquier documento. Dar a alguien el propio sello significaba que uno ponía en sus manos la propia vida, las posesiones, la familia, el honor, todo. Recordemos a Daniel en Babilonia y a José en Egipto; por la entrega de un anillo les confió el rey la autoridad para gobernar en su nombre. Recordemos el intercambio de anillos entre dos desposados, intercambio que significa: «Tengo fe en ti, me pongo enteramente en tus manos. Cuanto tengo, cuanto soy, te pertenece sin reserva.» ¿Recordáis el pasaje de Kierkegaard: «Cuando decimos: "Mi patria, mi amada", significa no que yo las poseo, sino que yo pertenezco a ellas sin reserva»?
Esta parábola nos proporciona otro ejemplo de entrega propia. El hijo que había pedido la mitad de los bienes de su padre, que deseaba tomar posesión de lo que habría de tener después de la muerte del padre..., ahora el padre pone su confianza en él. ¿Por qué? Simplemente porque ha vuelto a casa. No le pide cuentas de lo que ha hecho cuando estaba fuera. No dice: «Cuando me lo cuentes todo, veré si puedo confiar en ti.» No dice, como hacemos nosotros continuamente, de una manera explícita o implícita, cuando alguien con quien hemos reñido vuelve a nosotros: «Bien, te aceptaré a prueba; haremos un esfuerzo para reanudar nuestra amistad, y si veo que eres infiel resurgirá todo tu pasado de nuevo y te rechazaré a causa del pasado que da testimonio en contra tuya, demostrando que siempre serás infiel.» El padre no pide nada. No dice: «Veremos.» Por deducción, dice: «Has vuelto. El terrible período de tu ausencia lo borraremos juntos. Mira, la ropa que llevas muestra que nada ha ocurrido. Eres el mismo hoy que el que eras antes de irte. Este anillo que te doy prueba que no tengo duda alguna respecto a ti. Todas las cosas te pertenecen porque eres mi hijo.» Y le calza las sandalias para que puedan estar calzados sus pies «en preparación del evangelio de la paz», como escribe san Pablo en la carta a los Efesios. Y matan el ternero cebado para la fiesta, que es la fiesta de la resurrección, la fiesta de la vida eterna, el banquete del Cordero, del reino. El hijo que había muerto está vivo; el que andaba perdido en tierra extraña, en un país yermo, sin forma y vacío, como leemos al principio del libro del Génesis, ha vuelto a casa. Ahora el hijo está en el reino, porque este reino es el reino del amor, del padre que le ama, del padre que rescata, reintegra y devuelve la vida.
Aparece ahora el otro hijo en escena; el hijo que había sido siempre un buen operario en casa de su padre y que lleva una vida irreprochable, pero que jamás ha caído en la cuenta de que el factor capital en las relaciones entre padre e hijo no es el trabajo sino el corazón, no el deber sino el amor. Ha sido fiel en todas las cosas, pero jamás ha tenido un padre ni ha sido un hijo sino externamente. Ni tampoco ha tenido un hermano. Oigamos lo que le dice a su padre. Al oír la música y el baile, llama a un servidor y le pregunta lo que aquello significa. El servidor le responde: «Es que ha vuelto tu hermano, y tu padre, como lo ha recobrado sano y salvo ha mandado matar el becerro cebado.» El hijo mayor se enfada y se niega a entrar. Su padre sale a su encuentro a rogarle que entre, pero él responde: «Hace ya tantos años que te vengo sirviendo (y la palabra sirviendo es una palabra fuerte, tanto en griego como en latín, que indica esclavitud, servidumbre, tener que hacer toda suerte de tareas desagradables) «sin haber quebrantado jamás ninguna orden tuya» (piensa sólo en términos de órdenes y transgresiones, jamás supo ver la intención de las palabras, el corazón en el tono de la voz, la participación en el calor de una vida común, en la cual le correspondía a él su parte y a su padre la suya; para él ha sido siempre cuestión de órdenes y deberes que nunca ha violado). «Y nunca», prosigue, «me diste un cabrito para que yo celebrara alegremente una fiesta con mis amigos; pero cuando llega ese hijo tuyo, que ha devorado tus bienes con prostitutas, has mandado matar para él el becerro cebado.» Observemos que dice «tu hijo», no «mi hermano»; no quiere tener nada que ver con este hermano. He conocido una familia como ésa; un padre y una madre, una hija que era la favorita de su padre y un hijo que era su dolor; él decía siempre a su mujer: «mi hija» o «tu hijo».
Tenemos la situación: «tu hijo». De ser «mi hermano» no hubiera sido así -no hubiera violado los preceptos de su padre- ni tampoco hubiera tenido un becerro cebado. ¿Qué responde el padre? «Hijo, tú siempre has estado conmigo.» El padre le considera su hijo. Para él, es su hijo; siempre han estado juntos. Para el hijo, no; están el uno junto al otro, lo cual no es lo mismo. No hay vida común para ellos; no hay separación -tienen la casa en común-, pero tampoco hay unidad o profundidad. «Todas mis cosas son tuyas»: las palabras que Cristo empleó en su oración al Padre antes de la traición. «Pero», prosigue, «habrá que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado».
Así pues, el viaje es la vuelta desde lo profundo del pecado a la casa del padre. Esto es lo que tenemos delante de nosotros cuando nos resolvemos a vivir no ya según la pública opinión, sino que dejamos que el juicio de Dios nos sirva de criterio, escuchando en la voz de la conciencia, revelado en las Escrituras, manifestado en la persona de aquel que es la verdad, el camino y la vida. Tan pronto como estamos conformes en que Dios y nuestra conciencia sean los únicos jueces, caen las escamas de nuestros ojos; somos capaces de ver y sabemos lo que es el pecado: un acto que niega, tanto a Dios como a aquellos que nos rodean, su realidad como personas, degradándolos a la condición de objetos, que existen únicamente en la medida en que podemos usarlos y abusar de ellos. Cuando nos hemos dado cuenta de esto, podemos entrar dentro de nosotros mismos, librarnos de las garras de todo lo que nos tiene prisioneros; entrar dentro de nosotros mismos y encontrarnos cara a cara con todas las bendiciones que, para aquel joven, eran su infancia y el tiempo en que vivió en casa de su padre.
¿Recordáis el final del pasaje del Evangelio de san Mateo, donde Cristo dice a sus discípulos que regresen a Galilea? Acababan de vivir los días más terribles y desoladores de su vida. Habían visto a su Señor rodeado de odio, le habían visto traicionado y ellos mismos le habían traicionado con su debilidad. Habían sucumbido al sueño en el jardín de los Olivos y habían huido al aparecer Judas. Dos de ellos habían seguido desde lejos a su Señor y a su Dios desde la casa de Caifás, donde permanecieron sentados con los servidores, no con él como sus discípulos. Uno de ellos, Pedro, que había dicho durante la última cena que aunque los demás le traicionaran él permanecería fiel, le negó tres veces. Habían visto la pasión de Cristo. Y ahora le habían visto vivo y con ellos. Judea significa para ellos el desierto, la devastación, el final de toda vida y esperanza. Cristo los envía a Galilea: «Volved a donde me conocisteis primero, donde nos descubrimos en la intimidad de cada día, donde no había daños, ni sufrimientos ni traición. Volved al tiempo en que todo era inocente con posibilidades infinitas. Volved al pasado, al fondo del pasado. Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas todo lo que os he enseñado.»
Esta vuelta dentro de uno mismo conduce a lo profundo, donde descubrimos la vida, una vida nueva, donde vivíamos en Dios con otros hombres. Desde el fondo de este oasis del pasado, distante o cercano, podemos iniciar nuestro viaje, el viaje de vuelta, con la palabra «Padre» -no «Juez»- en nuestros labios, con una confesión del pecado y de esperanza que nada ha sido capaz de destruir, y con la certeza de que Dios no habrá de aceptar nunca ninguna degradación nuestra, de que será siempre garante de nuestra dignidad humana. Nunca permitirá que nos convirtamos en esclavos, puesto que hemos sido llamados por la palabra creadora y nuestra vocación última es ser hijos e hijas de su adopción. Podemos ir a él confiadamente, sabiendo que nos ha estado esperando todo el tiempo que hemos permanecido olvidados de él.
Él es quien desea salir a nuestro encuentro, cuando vacilantes nos acercamos a casa. El quien nos echa los brazos al cuello y llora nuestra miseria; una miseria que no podemos nosotros medir porque no sabemos de dónde hemos caído ni cuán alta es la vocación que desdeñamos. Podemos ir a él sabiendo que nos vestirá de nuevo con nuestra ropa primera, con la gloria que Adán perdió en el paraíso. Él nos vestirá de Cristo, que es más «prístino» que el frescor primaveral en que nacimos. Él es hombre como le quiso Dios. Él es aquel de quien hemos de revestirnos, es la gloria del Espíritu que ha de protegernos cuando el pecado quiera dejarnos desnudos. Sabemos ahora que Dios, apenas nos hemos vuelto a él, quiere devolvernos la confianza en nosotros, darnos el anillo que concedió a Adán la facultad de destruir la armonía que Dios había creado y querido, el anillo del hijo unigénito que murió en la cruz por la traición del hombre, y cuya muerte fue la victoria sobre la muerte, cuya resurrección y ascensión -nuestra vuelta- están ya escatológicamente realizadas en la plenitud de la unión con el Padre.
Cuando volvamos a esta casa del Padre, cuando nos encontremos frente a frente con el juicio de nuestra conciencia y de Dios, el juicio no se basará en la profundidad de nuestra visión teológica. No se funda en lo que solamente Dios puede darnos en forma de comunión con su vida. El juicio de Dios se funda en una sola cosa: «¿Eres un ser humano o careces de dignidad humana?» En este contexto, quizás recordéis la parábola de los corderos y los cabritos, en Mateo 25,3146: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento... o sediento... o forastero... o desnudo... o enfermo... o en la cárcel...?» Si no sabemos conducirnos como seres humanos, no tendremos idea de cómo hemos de conducirnos a escala divina. Cuando hemos vuelto a la casa del Padre, cuando nos hemos revestido de Cristo, cuando el esplendor del Espíritu tome posesión de nosotros, cuando deseemos realizar nuestra vocación y convertirnos en verdaderos hijos del Padre, en hijos e hijas suyos, primero y ante todo hemos de hacer cuanto esté en nuestras manos para ejecutar lo que está en nuestro poder: ser humanos; pues el compañerismo, la compasión, la misericordia están a nuestro alcance, seamos buenos o malos.
Podemos volver al Padre. Podemos volver con confianza, puesto que él es el sello de nuestra dignidad. Él es quien desea salvarnos. Él no nos pide más que una sola cosa: «Dame, hijo mío tu corazón, y todo lo demás te lo concederé», como dice el Eclesiástico. Este es el camino que nos conduce a todos desde donde estamos, ciegos y fuera del reino que anhelamos ver realizado dentro de nosotros y abarcando todas las cosas, paso a paso, hasta encontrarnos a nosotros mismos ante el juicio de Dios. Vemos cuán simple es este juicio, cuán grande debe ser la esperanza en nosotros, y cómo, con esta esperanza, podemos realizar nuestro viaje hacia Dios confiadamente, sabiendo que él es el juez, pero, sobre todo, la propiciación por nuestros pecados, el único para quien el hombre es tan querido, tan precioso, que toda la vida, toda la muerte, toda la agonía y la pérdida de Dios, todo el infierno sufrido por el Hijo unigénito, es la medida del valor que concede a nuestra salvación.
ANTHONY BLOOM